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Transmisión de Pensamiento

Habría transcurrido un año de casados cuando, una noche de primavera en
que decidimos quedarnos en casa conversando sobre todo lo acontecido en
este pequeño tiempo de matrimonio, sonó nuestro teléfono.

Debo mencionar que aún no teníamos hijos, por lo que todavía existía plena
libertad para ocupar nuestro tiempo en lo que quisiéramos. Estábamos
recordando a nuestros amigos y cómo los habíamos conocido.

Mi esposa mencionó de repente a una amiga, Maruja, a la cual yo no
recordaba.

Me dice: -Ella te conoció antes que yo, cuando tú solías esperar el ómnibus-
vehículo de transporte -para trasladarte a la Universidad-.

Me sigue comentando: -Maruja me contaba que todos los días a las 7 a.m.
estaban ambos en el paradero, pero tú ni la mirabas. No la he vuelto a ver
desde el día de nuestro matrimonio-.

Y en eso suena el teléfono. Contesta mi esposa, la veo que se sonroja, se
pone nerviosa, tapa el auricular y me dice -¡Es Maruja!-

Después de un buen rato cuelga el teléfono, se sienta, me mira y ríe.

Me toma de la mano y me dice, -Que casualidad, conversando sobre ella y
justo llama. He quedado en que el viernes viene con su esposo, Manuel, a
tomar el té acá en la casa-.

Seguimos tocando el tema de Maruja, de la transmisión de pensamiento y cada
uno cuenta alguna anécdota al respecto.

Olga, mi esposa dice no creer en ello, es pura casualidad. Yo, al contrario,
menciono que el ser humano está capacitado para eso y muchas cosas mas,
que hasta el momento no ha sabido utilizar toda su potencia.


Llegan los invitados

Transcurrieron los días y llegó el viernes, yo deseoso de conocer a la famosa
Maruja. Tocan el timbre, Olga decide que ella debe hacerlos pasar y cuando
me los presenta, ¡Oh sorpresa!, Manuel, su esposo, es un conocido mío.

Él tenía relaciones de trabajo con la Empresa en la que yo laboro, y además es
hermano de un íntimo amigo, Jorge Germany, al cual había dejado de ver hace
unos diez años.

A Manuel también lo dejé de ver hace un buen tiempo. Con Jorge estudiamos
en la Universidad, pero él, lamentablemente, no pudo culminar sus estudios
por problemas de trabajo.

Cuando lo conocí, él retomaba sus estudios, era unos diez años mayor que yo.

Le digo: - Hola Manuel, las casualidades de la vida, Maruja y Olguita se
conocen de hace años y tú y yo también nos conocemos, sin habernos
enterado de la relación amical existente.

Nos servimos el té, bromeamos y por fin tocamos el tema de la transmisión de
pensamiento, de cómo habíamos estado hablando de Maruja y en ese mismo
momento de su llamada telefónica.

Le pregunto por Jorge, su hermano. Manuel escucha muy serio, algo nervioso,
quiere decirnos algo. Se calla, piensa y por fin se decide: -Les voy a dar una
mala noticia, Jorge está muy delicado, en el hospital. Y lo que les voy a contar
es algo extraordinario. Jorge me pidió que ubicara a Oscar, a su mejor amigo,
que deseaba verlo. Yo había perdido contacto contigo y estuve averiguando tu
teléfono sin poderlo obtener-.

Quedamos en visitar a Jorge en el hospital al día siguiente. Él había sido un
hombre alto y corpulento.

Cuando lo vi no lo reconocí. Sin cabello, súmamente delgado y reducido en su
tamaño. Tenía cáncer. A los dos días falleció.

 
Oscar, desde Lima, Perú.  



                                                       
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